Monday, September 11, 2017

GOLPE FASCISTA EN CHILE: EXPERIENCIA DE LA QUE DEBEMOS APRENDER

NATALYA M. GARCÍA. Especial para TP
Analista política
La historia los juzgará; así sentenciaba Salvador Allende en su última comunicación, desde el Palacio de La Moneda, el martes 11 de septiembre de 1973 a las 9:10 am. Días antes, Allende había informado a sus colaboradores su decisión de convocar un plebiscito, que permitiera resolver la continuidad del gobierno por la vía democrática.
Durante la madrugada de ese 11 de septiembre, los oficiales constitucionalistas fueron neutralizados. Así, la Armada chilena desencadenaba el golpe de Estado en el puerto de Valparaíso. Los jefes de la sublevación tenían muy clara su exigencia: la renuncia del jefe de Estado.
Ciertamente, la empecinada resistencia de la burguesía ante un gobierno que se caracterizaba así mismo como popular, democrático y revolucionario, electo por el pueblo trabajador chileno, iba más allá de la simple fricción discursiva.
Pese a mantener intacto el Estado burgués, el gobierno de la Unidad Popular había conseguido en su primer año y medio nacionalizar las minas de cobre, hierro, nitrato, carbón y cemento; además, había expropiado seis millones de hectáreas de tierras cultivables y estatizado un número importante de bancos nacionales y extranjeros.
Así que había razones más que suficientes para que el 4 de septiembre de 1973, en la celebración del tercer aniversario del gobierno de Allende, cerca de 800 mil chilenos marcharan en su apoyo.
A principios de 1973, se celebraron elecciones parlamentarias. El triunfo fue de la alianza opositora, la Confederación de la Democracia. Pero pese a su victoria, la oposición perdió curules en ambas cámaras del Congreso y quedó todavía más lejos que antes de la mayoría de dos tercios necesaria para destituir al Presidente.
La burguesía entendió así que el mecanismo de democracia representativa ya no le servía a sus intereses. Tras las elecciones parlamentarias, la táctica se resumió en un golpe de Estado. Movilización de sus fuerzas de choque, huelgas patronales y más de 200 atentados terroristas; tales fueron los movimientos de la oposición durante el punto más álgido de su escalada antigubernamental. Todo ello financiado por la CIA y el Departamento de Estado de EEUU, como ha quedado ampliamente demostrado.
La experiencia chilena nos enseña que la historia es una cadena de períodos de revoluciones y reacción; de avances, estancamiento y retrocesos; de flujo y reflujo.
Sin duda, la toma pacífica del poder representa los ideales humanos de la clase obrera. Pero la burguesía, al ver amenazados sus intereses, responderá con todo el peso del aparato estatal hecho a su medida ante un pueblo movilizado, pero sin armas.
A 44 años del golpe fascista en Chile, parafraseando a Pablo Milanés, seguimos diciendo que nuestros pueblos renacerán de su ruina, que el niño que jugará en una alameda, entonará el canto por los hermanos que murieron antes, por todos los ausentes y por la vida que fue segada en La Moneda.

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