Friday, October 13, 2017

LA RUSIA PRERREVOLUCIONARIA


WLADIMIR ABREU. Especial para TP
Profesor de Historia
En 1917, tras tres años de guerra interimperialista, la autocracia zarista agoniza; los reveses militares, la alta inflación y la escasez de alimentos agudizan el malestar de obreros y campesinos, quienes abandonan masivamente el discurso patriotero y descubren el verdadero carácter de la guerra. El 8 de marzo (23 de febrero en el calendario juliano), Día Internacional de la Mujer Obrera, la manifestación se transforma en rebelión contra la guerra, el hambre y la opresión.
El Imperio Ruso se extendía por dos continentes, desde Polonia hasta el Océano Pacífico, y agrupaba 175 millones de humanos de 298 grupos étnicos, 80% de ellos campesinos, pero con sólidos núcleos obreros en las capitales y las zonas petroleras del Cáucaso; todos sometidos al yugo semifeudal de la más reaccionaria monarquía de Europa. La iglesia ortodoxa rusa fungía de brazo ideológico de la dominación y el atraso cultural de este vasto imperio.
El país exhibía una esperanza de vida de 28 años y una tasa de analfabetismo que rondaba el 75% de la población, más del 95% en algunas zonas rurales. Seis mil millones de acres, más de la mitad del territorio, eran propiedad del Zar Nicolás II, y 95% de las tierras pertenecían a apenas 130.000 terratenientes y burgueses. Sólo 50 años antes, todavía existía la servidumbre en el campo, que había sido superada en Europa hacía 400 años. El primer y fugaz parlamento, la Duma, apenas se había instalado durante la Revolución de 1905.
Nicolás II, el gendarme de la clase terrateniente y la joven burguesía rusa, era heredero de una dinastía de 600 años. Debido a su incompetencia como estadista, era despreciado por las potencias europeas y hasta por su propia burguesía y su aristocracia.
El fermento revolucionario
La herencia de los «decembristas» de 1825, inspirados en la Revolución Francesa, y las luchas de los populistas revolucionarios Herzen y Chernishevsky, críticos radicales del absolutismo zarista y auténticos demócratas de mitad del siglo XIX, empujaron un movimiento campesino que sólo pudo ser apaciguado por la feroz represión de la autocracia. Ese legado revolucionario sería luego asumido por la naciente clase obrera.
En 1898 se reunieron en Minsk diversas organizaciones obreras, la Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Trabajadora, la Unión General de Trabajadores Judíos, y los grupos socialdemócratas de varias ciudades. La intención era organizar una fuerza obrera marxista, que se distanciara del aventurerismo de los populistas y los «socialistas revolucionarios» y de su ideología pseudo-radical, pero pequeñoburguesa en el fondo. Así nacería el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR).
Los golpes policiales y la poca definición ideológica hicieron necesario un segundo Congreso, realizado entre Bruselas y Londres en 1903; allí se destacarían figuras como Lenin, Riazanov y el todavía marxista Plejanov, que dotarían al POSDR de un programa y una sólida concepción marxista. Allí también se produjo la división entre mencheviques (minoritarios) y bolcheviques (mayoritarios), que marcaría en el futuro los acontecimientos de la Revolución de 1917 y daría inicio a la lucha entre el reformismo y la concepción verdaderamente revolucionaria, lucha que continúa vigente en nuestros días.
Dualidad de poderes
Tras tres años de guerra imperialista, las y los obreros y campesinos rusos estaban por hacer estallar el eslabón más débil del sistema capitalista; y esto finalmente ocurrió tras la manifestación del 8 de marzo (23 febrero del calendario juliano) de 1917, en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Las mujeres proletarias salieron a las calles a exigir pan, y su protesta se enlazó con la huelga del cordón industrial de Petrogrado, la capital imperial, encabezada por los obreros de la Fábrica Putilov. Este estallido popular dio lugar a la Revolución de Febrero.
Ya para la noche del 24 de febrero, 160.000 obreros habían declarado la huelga general y 200.000 mujeres y desempleados recorrían las calles de la capital exigiendo el fin del zarismo y de la guerra. La revuelta se estaba extendiendo a las demás ciudades del país, Moscú, Kiev, Jarkov, y al resto del imperio. El día 26, los soldados del regimiento Pavlovski enviados a sofocar las manifestaciones, voltearon sus fusiles y se unieron a la revuelta popular. Los obreros organizaron guardias rojas, y diversas unidades militares se pasaron al bando proletario, entre ellas los marinos del Crucero Aurora de la Flota del Báltico, donde la influencia bolchevique era grande.
La aristocracia zarista, consciente de la incompetencia del zar Nicolás II, planeó un golpe palaciego para frenar el ímpetu de las masas; pero ya el día 27 se instaló un primer soviet de obreros, campesinos y soldados. Ese mismo día, el parlamento (Duma) creó un gobierno provisional integrado por una mayoría de demócratas constitucionalistas (kadetes) más el socialdemócrata (trudovike) Alexander Kerenski; luego de nombrado el gabinete, presidido por el príncipe Georgi Lvov, la Duma se disolvió.
En la recta final
En la práctica quedó planteada una dualidad de poderes, una contraposición entre el gobierno provisional y los soviets de obreros y campesinos, que algunos esperaban que se resolviera sin mayores contradicciones y diera paso a una coexistencia amistosa, pero la agudización de la lucha de clases hizo imposible tal cosa. El gobierno provisional, burgués y terrateniente y vinculado al interés en la guerra imperialista, se negó a declarar la paz, mientras que el poder soviético obrero y campesino, enemigo del capital y los terratenientes, exigía el fin de la guerra imperialista. No podían estos dos instrumentos de clases confrontadas coexistir por mucho tiempo, y esto lo comprendió y explicó genialmente Lenin en sus «Tesis de Abril».
El gobierno provisional, al no responder a las demandas de las grandes masas obreras y especialmente campesinas sobre el fin de la guerra y el reparto de tierras, perdió rápidamente apoyo popular. En julio, bolcheviques y anarquistas, contrariando las instrucciones de Lenin, protagonizaron un precipitado levantamiento que fue rápidamente derrotado, pero que de todas maneras sirvió para socavar el último vestigio de gobernabilidad. Tras una cadena de renuncias de sus ministros, el propio príncipe Lvov renunció el 21 de julio a la presidencia, y fue sucedido al frente del gobierno por Kerenski, quien asumió como Primer Ministro aunque conservando también su anterior cargo de ministro de Defensa.
Quedó así dispuesta la escena para la recta final de la Revolución, cuyos acontecimientos alcanzarán su clímax y su resolución dialéctica el 25 de octubre (calendario juliano), pero esto será tema de otra entrega.

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