Sunday, March 10, 2019

100 AÑOS DE «LA TERCERA»: LA INTERNACIONAL COMUNISTA, UNA REALIDAD CON SENTIDO



Por Jose Luis Martín Ramos | www.mundoobrero.es

 El 2 de marzo de 1919 se iniciaron en Moscú las sesiones de la conferencia obrera internacional que acordó fundar la Internacional Comunista, la “Tercera”. No fue un hecho inesperado; todo lo contrario, la idea de una nueva internacional nació en respuesta a la quiebra de la Segunda, la de la socialdemocracia, como consecuencia de su incapacidad no para evitar la guerra –que no estaba en sus manos– sino de llegar a un acuerdo suficientemente claro y amplio de rechazo del conflicto bélico y evitar que sus partidos principales se pronunciaran en favor de la política de guerra de sus respectivos gobiernos nacionales.
El movimiento iniciado en 1915 en la localidad suiza de Zimmerwald, por organizaciones y sectores obreros que se mantenían contra la guerra, reafirmó ese objetivo en términos genéricos, de reconstrucción de una internacional que recuperara los principios internacionalistas y, se decía, el marxismo.
Sin embargo, ya entonces Lenin, apoyado por una minoría, sostuvo que el desenlace de la guerra no podía no ser el de una revolución general de los pueblos que padecían la catástrofe, sin distinción de bando, contra el sistema que la había provocado; por lo que la nueva internacional no había de ser sólo la de la recuperación de los principios sino la de su ejecución, el factor organizativo, dirigente, de esa revolución mundial. Lo que era una propuesta –no un vaticinio– empezó a materializarse en febrero de 1917 con el inicio de la revolución en el Imperio Zarista, que, siguiendo a Lenin, la fracción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso impulsó hasta su consumación en revolución proletaria y campesina, en octubre de 1917.
La revolución mundial había empezado, pero su continuidad era aún una incógnita; iniciada en la periferia del sistema, y hostigada doblemente desde comienzos de 1918 por la guerra civil y las intervenciones militares dirigidas por los gobiernos francés y británicos.
La iniciativa para constituir la Tercera Internacional tuvo que esperar a que en noviembre de 1918 estallara en el Imperio Alemán un levantamiento obrero que auguró con confirmar la esperada mundialización de la revolución ahora, ya desde uno de los centros fundamentales del sistema, con plena capacidad de irradiación.
Contra lo que la propaganda anticomunista ha sostenido desde el primer momento, la nueva internacional no había de ser un instrumento de “exportación” de la revolución soviética sino el factor orgánico de un proceso más amplio –ni exportado ni exportable– surgido de la suma de nuevos levantamientos.
Consecuencia del alemán fue, el 24 de enero de 1919 la convocatoria por el Partido Comunista Ruso de la conferencia que habría de tener lugar en marzo. La desgracia, y la contrarrevolución, quiso que una semana antes Rosa Luxemburgo, llamada a tener un peso fundamental en la nueva internacional, fue asesinada junto con Karl Liebknecht; a pesar de ello, la movilización revolucionaria seguía en Alemania y la convocatoria se mantuvo, alentada también por la extensión de los levantamientos al acabar la Primera Guerra Mundial, de manera particular en los territorios de los imperios derrotados. El anuncio de que se estaba produciendo una insurrección en Viena, el 4 de marzo, convenció definitivamente a los asistentes a la conferencia de Moscú a dar por fundada, en aquel acto, la Tercera con la denominación de Internacional Comunista.
La expectativa de triunfo de aquellas insurrecciones se truncó pronto y empezó a percibirse que el proceso de la revolución mundial sería más lento del que se pensó tras la caída del Imperio Alemán; que la resistencia del sistema en Estados más desarrollados como los de occidente iba a ser incomparablemente mayor que en el imperio del Zar. Más lento, pero continuaría siendo el hecho llamado a caracterizar una época; la actualidad de la revolución pasó a ser el debate en el movimiento obrero occidental, revestido como defensa de la revolución rusa y del Estado soviético y de la discusión sobre la reorganización del movimiento obrero y la adhesión a la nueva internacional.
En el verano de 1920, entre julio y agosto, se reunió su segundo Congreso, que decidió la forma organizativa como partido mundial y las características fundamentales de su línea política; el hecho de que, finalmente, sólo hubiese triunfado la revolución impulsada por los bolcheviques y sólo sobreviviera de la cadena insurreccional de 1917-1919 el Estado soviético, hizo que el Partido Comunista Ruso (bolchevique) y el desarrollo concreto de la revolución rusa fuesen tomados respectivamente como sección dirigente de hecho de la Internacional y como modelo para posteriores procesos revolucionarios.
La consolidación de la Internacional Comunista en aquel segundo Congreso se produjo, de manera no esperada, a contrapelo de la estabilización de la “Europa burguesa”, pasada la transición de postguerra. La revolución mundial quedó detenida en seco en Occidente y aunque se esperó que su escenario se desplazara a Oriente –al calor de la lucha anticolonial y antiimperialista– la realidad fue que tampoco avanzó de manera clara en el período de entreguerras; en China se produciría una grave derrota con la casi aniquilación del Partido Comunista en 1927. Un duro escenario de supervivencia y esa es otra historia.
A pesar de ello, la constitución de la Internacional Comunista no careció de sentido histórico y político ni fue baldía. Su existencia salvaguardó la supervivencia de buena parte del ala izquierda de la socialdemocracia y de sectores revolucionarios del sindicalismo, sin cuya presencia se habrían diluido en el reformismo institucional imperante en el período de entreguerras; y fue asimismo un factor decisivo para neutralizar la intervención militar extranjera en Rusia y favorecer la supervivencia del Estado soviético aislado en un sistema mundial hostil.

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